Niños en Confinamiento

Por. Lic. Roberto Lainez | Psicología. 

Seguramente, las cuarentenas, toques de queda u otras formas de confinamiento tienen el objetivo de proteger a las personas de una amenaza, como una catástrofe natural, problemas socio-políticos, o muy recientemente, de una pandemia. No obstante, debemos analizar los confinamientos no solo desde un punto de vista socio-político, económico, o en este caso, epidemiológico. Debemos también analizarlo desde la perspectiva psico-social y afectiva. Tras este preámbulo, discutiremos los efectos adversos de los confinamientos en la salud mental de las personas, y en particular, de nuestros hijos.

Síndrome de la cabaña

Durante un confinamiento prolongado, es inevitable que haya roces entre las personas con las cuales se convive, pues hay demasiada cercanía emocional y física, al punto que las actividades de un individuo pueden afectar las de otro. Así mismo, hay irritabilidad y ansiedad debido al encierro. Todo este fenómeno se debe al síndrome de la cabaña.

Efectos en la psicología y en los estilos de vida

Se vio que en China hubo un aumento en las demandas de divorcio. Las descargas de aplicaciones de entretenimiento y el uso de servicios de streaming (Netflix y otros) se aumentaron y duplicaron. Al haber incertidumbre acerca de la economía y la situación financiera, el aburrimiento y limitación en las actividades generan estrés en adultos, no digamos en niños. Hay que considerar que hay personas emocionalmente dependientes, por lo que un confinamiento prolongado podría aumentar esta dependencia, haciendo que tras el encierro, se deba mantener ese nivel de convivencia, y esto puede ser problemático, ya que cada individuo necesita su espacio, pues sí, las familias son un sistema como tal, los individuos también son subsistemas en sí mismos, según la teoría estructural de Salvador Minuchin.

Este último punto es evidente en los niños, quienes requieren bastante estimulación y juego con sus padres o cuidadores. Si bien muchos padres pasan mucho tiempo trabajando y no brindan este tiempo de estimulación y juego, al estar confinados, se cambia drásticamente al polo opuesto. Muchos niños podrían llegar a pensar: “Papá y mamá ahora solo pasan conmigo, y así me gusta más y así quiero que se mantenga”. Este pensamiento puede llegar a afectar la autonomía del niño y de los padres. Además de eso, muchos padres trabajan desde casa, por lo que el niño podría seguir frustrándose por no recibir la estimulación, el juego y el afecto que se requiere, generando ansiedad y posiblemente, mal comportamiento.

Los niños suelen tener un nivel alto de energía, por lo cual el ejercicio físico es esencial. Al no poder salir y tener actividad física, esta energía se acumula y podría transformarse en agresividad y mal comportamiento, sin mencionar que la vida sedentaria que genera un encierro prolongado puede llevar a la obesidad infantil, ya que el niño podría solo hacer actividades pasivas, como usar dispositivos electrónicos o ver televisión, y como se discutió antes, estos servicios han aumentado, dándole más opciones al niño de desarrollar sedentarismo físico y mental.

Otra situación que se está dando es la de los niños con discapacidades cognitivas, alteraciones del neurodesarrollo y problemas de aprendizaje, entre otros, que no han estado recibiendo sus adecuados procesos terapéuticos. Hay niños con autismo, desfase del lenguaje, déficit de atención, problemas de aprendizaje que día a día tienen retos en sus áreas de desarrollo cognitivo, social, psicomotor, emocional y educativo. El confinamiento prolongado ha retrasado estos procesos terapéuticos, haciendo que el niño retroceda en su mejoría de estas dificultades. Así mismo, los padres, al no estar asistiendo a terapias con los expertos, podrían tener dificultad en manejar estas alteraciones, haciendo que haya frustración, ansiedad y tensiones en las relaciones entre padres e hijos.

Tras el confinamiento también puede observarse ansiedad, miedo, apatía y fatiga al volver al día a día, haciendo de este proceso de retorno difícil, convirtiéndose en un problema de adaptación. Si para los adultos es difícil, no digamos para los niños, que dependiendo de su edad y proceso madurativo, pueden o no adaptarse a estos cambios. Debido al prolongado encierro, tanto niños como adultos pueden acomodarse a su casa, como si esta fuese una especie de refugio o fortaleza impenetrable contra toda amenaza. Se llega a pensar: “Aquí este virus no entra, y nadie debe salir”. Este pensamiento vuelve complejo el proceso de adaptación a la rutina previa a la situación actual.

¿Qué hacer entonces?

Se pueden dar las siguientes recomendaciones:

  • Definir un reglamento familiar para delimitación de límites y roles, tomando en cuenta la convivencia social, las obligaciones y los cuidados personales.
  • Si se está en situación de confinamiento, se sugiere plantear una amplia gama de actividades para realizar con los niños, como ser:
  • Juegos de mesa.
  • Actividad física.
  • Fogatas y campamento.
  • Lectura de cuentos.
  • Obligaciones escolares y del hogar.
  • Se debe ir recuperando la “normalidad” gradualmente, tomando en cuenta las normas de bio-seguridad. Por ejemplo, ir a caminar con sus mascotas utilizando las mascarillas y cumpliendo con los protocolos de bio-seguridad que cada hogar tenga.

Mensaje final

Todos los extremos son contraproducentes. Si bien, la cuarentena sirve para proteger a grupos de riesgo contra un virus, su prolongación puede llevar a problemas económicos y psico-afectivos, pues hemos cortado el vínculo con los demás. Se ha destruido el compartir con familias, amigos y parejas, y esto puede ser incluso más letal que un virus. Los virus son ineludibles, por más cuarentenas que pongamos, y el ser humano siempre ha enfrentado enemigos microscópicos. Si bien, hay que ser cautelosos, no podemos cambiar nuestra libertad y cambiar nuestra naturaleza sociable y activa por un sentimiento de pseudo-seguridad y bienestar. Concluyo con la premisa del budismo del justo medio, es decir, la moderación y reconciliación de los extremos, y por último, con una cita de Benjamín Franklin:

“Quien cambia seguridad por su libertad, no merece ninguna de las dos y las perderá a ambas”.

            Aspiremos a ser libres, vivir sin temor, pero con moderación.

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